Ahora

El bastón de la Democracia

El pasado miércoles, salí camino a casa después de mi última sesión con la psychóloga; última no porque me haya dado de alta, sino porque la obra social no me cubre más. A media cuadra de mi pequeño manicomio, me encontré con una viejita que, con la mano derecha se sostenía del bastón, y con la izquierda arrancaba los afiches de De la Sota que estaban pegados sobre un poste de luz. Mientras la viejita caminaba hacia un tacho de basura para tirar la… valga la redundancia, me acerqué a ella y se produjo este diálogo:

– Sí, yo también odio a De la Sota.

– No sólo a De la Sota, nene; mirá todos estos carteles. ¿No te da bronca?

– Sí, la ciudad parece tapizada de basura.

– Encima, todo esto, ¿después dónde termina?

– En un basural enorme en el Bajo Grande.

– Claro; esto no se biodegrada más. ¿Cuántos años van a pasar hasta que se vaya esta contaminación? Mirá; tengo setenta y cuatro años. Me quedan cuatro casillas en el documento; y si llego viva, voy a llenarlas a todas. Si quisiera, puedo no ir a votar. Puedo, pero no quiero; yo quiero votar, hasta que me vaya, en contra de todos estos que nos arruinan la ciudad (…). Bueno, nene, voy a entrar a comprar pan; ha sido un gusto.

– El gusto ha sido mío.

¡El gusto ha sido mío, vieja Democracia, porque ése es tu nombre, y Atenea es tu apellido! Te hablaría como quien le habla a un amigo, pero no quisiera faltarte tanto el respeto.

Ésa fue una de esas veces en que uno se encuentra con lo que uno quisiera ser; un exponente máximo de la militancia hasta los últimos días de vida, un héroe pacífico de sus propias convicciones, una muestra viva de la ciencia del bien y del mal.

Se llama Democracia, la vieja, porque es la soberanía del pueblo, es el poder de la opinión de todos. Democracia es esa vieja jubilada a la que le recortaron el sueldo, a la que poco escuchan, pero que sigue andando, con su bastón en una mano y abierta la otra, para que cuando venga algún garca, agarrarlo del cuello. Es la voz de todos los que ven cómo arruinan a diario, en tiempos de campaña, el mundo en que vivimos. Todo esto porque quieren ser el macho alfa del darwinismo monetario –lucha salvaje y primitiva por obtener el poder por sobre la manada–. Esta batalla campal en la que gana el que más invierte, el que logra alterar mejor el entorno a su favor… en definitiva, el que más contamina.

Más de medio millón de pesos, cuesta limpiar todo este chiste. ¿Para qué tanto gasto? ¿A la gente le sirve esta publicidad? La respuesta sería obvia, si no fuese porque el aparato ya está armado de forma tal que una gran parte del pueblo sólo conoce dos o tres candidatos. De más está decir que estos candidatos son los que aparecieron en todos los diarios después de las exposiciones de la UNC, quedando el resto en el anonimato. “Debate” decía en todos lados; nunca había visto un debate tan parecido a un ciclo de stand up.

Con todo esto, quedan un montón de partidos tal y como vinieron al mundo; tan poco existentes en la conciencia colectiva que sólo tendrán votos para pagar el alquiler de sus sedes. Y así, surgen las alianzas que a uno le pueden sonar absurdas; sólo porque los partidos menores quieren embocar al menos una banca en el Legislativo.

Entonces, me gustaría preguntarle a la vieja Democracia, a la sabia voz del pueblo, ¿cómo se puede igualar un poco la difusión de los candidatos? ¿Cómo se puede limitar esta invasión masiva del mismo o de los mismos nombres?

El poder, una vez obtenido, se convierte en un generador de poder. Parece una obviedad sólo porque no estamos acostumbrados a otra cosa. Una vez que el Gobernador, sea quien sea, puede alterar el entorno a su gusto, su continuidad en el puesto se hace cada vez más fácil, se puede dificultar el ascenso de otros poniéndoles trabas, y así surgió lo del cuadradito para votar la lista completa, para dar más comodidad a los que voten a los partidos más pesados y, por lo tanto, dificultad a los que quieran votar a los grupos emergentes. Es un cuadradito que no debió existir nunca, porque –lisa y llanamente– representa una desigualdad de oportunidades; es no más que una forma de instar al pueblo a votar pensando lo menos posible.

¡Tenga cuidado, señora, señor; pensar en el sufragio puede hacerle perder mucho tiempo!... que bien podría ser invertido en ver programas tan instructivos como Show Match!

Bueno… me gustaría ofrecer una conclusión para esta columna, pero no se me ocurre nada. Me encantaría que algún poderoso escuche este problema y le agarre un ataque de democratismo y piense a favor de la libertad de opinión en condiciones de igualdad. Amaría un país en el que todas las formas de pensar tengan las mismas oportunidades para ser escuchadas; pero, en este mismo instante, la gran mayoría de la gente, está viendo Sábado Show, o alguna mierda de esas.

0 comments:

Publicar un comentario