Cuando ocurrió el doble atentado de Noruega, surgieron todo tipo de teorías, postulados y opiniones acerca de la problemática de la seguridad en ese país, las falencias de los sistemas de inteligencia y la falta de herramientas de prevención contra el terrorismo; pero muy poco frecuente es la presencia de una reflexión acerca de las ideologías de extrema derecha que esto esconde. Se habla de la vida intachable del autor de los hechos, de la dificultad de encontrar algún perfil criminal en un tipo así, pero no hay casi nada que ponga en tela de juicio el origen mismo de este hecho: se refresca la problemática del nacionalismo y la defensa absurda de los límites territoriales.
Hace mucho tiempo, un viejo borracho de un bar me decía:
– Las naciones son un invento político que nada tiene que ver con la gente. Los límites territoriales son un par de líneas dibujadas para convertir el mapa en un rompecabezas para que jueguen los hijos de los representantes de la ONU. Los himnos son dulces cánticos de cancha para machacar con las diferencias desde la escuela. Y los Estados, oficinas burocráticas para reunirlos a todos bajo un mismo nombre y dominarlos. Fronteras verdaderas son los ríos, las montañas, los mares y todo lo que físicamente puede dividir entre un lugar y otro.
Entonces, un tipo recto como este Breivik, es un hijo bastardo de esta ficción nacionalista. Un Adolfito al que se le atrasó el despertador y que acabó siendo un mero homicida; pero en otros tiempos, cuando la defensa de la pureza racial de una nación estaba de moda, hubiera sido un verdadero patriota.
Cuando intentan buscar a los responsables de esto, miran a las fuerzas de seguridad como si su falta de acción preventiva fuese el GRAN problema. El diario EL PAÍS publicó una nota titulada “El mayor fiasco de la policía noruega” atribuyéndole toda la responsabilidad. Es como si, de pronto, hubiesen olvidado que las ideologías de extrema derecha no se crean por sí solas, como si no hubiesen formadores de discursos dando vueltas por todos lados; como si no hubiesen medios de comunicación con orientación fachistoide.
Bien podría haber acá un atentado de similares características, así como hubo tiroteos en Columbine o en Carmen de Patagones. La facilidad con que puede ocurrir un evento de este tipo no es, de ninguna manera, algo que se pueda solucionar con mejores medidas de seguridad, con policías en todos lados, con cámaras en las puertas de las escuelas ni con una persecución constante de la población. El viejo dicho “la pluma es más fuerte que la espada” es el que trae la solución, al menos para mí.
Cuando alguien dice, escribe, o enseña algo, se convierte en el portador de una ideología. Cuando empezó a hablarse del fundamentalismo islámico, se hablaba subliminalmente de una guerra contra ellos, guerra que se convirtió en una invasión de países apoyada, no sólo por las facciones militares estadounidenses, sino por todo un pueblo que se tragó la idea de que el islamismo fundamentalista era algo demoníaco, y mandaron orgullosos a sus hijos a morir en el frente de batalla. Lo mismo pasó en nuestro país, y los niños, en las escuelas, escribieron cartas a los soldados que estaban en Malvinas, cartas que nunca llegaron, pero que sirvieron para contribuir con la idea de que la guerra de Malvinas estaba justificada.
¿Entonces, acaso quieren limpiar el rol de la prensa de toda responsabilidad de este caso? Es un delito inexistente, sutil pero masivo, el de alimentar el accionar violento, el morbo y la sed de sangre.
Así como la violencia genera violencia, mostrar la violencia también la alimenta. El sojero se siente inseguro, se compra un arma y mata a un villero.
En este acto terrorista de Noruega, más que falencias de seguridad, operan discursos violentos, discursos que son omnipresentes, palabras que matan, de esas que dicen que un inmigrante es alguien que llega para quitarles el trabajo a los nativos, alguien que está contaminando la religión del lugar o que va a destruir la integridad de la nación. Este episodio sucede porque, cuando Noruega abre sus fronteras a los inmigrantes, aún siguen vigentes en la población la intolerancia y el nacionalismo.
Del mismo modo, cuando alguien de Talleres dice que los de Belgrano son bolivianos, lo toman como un chiste y no como un inconsciente colectivo que es aún xenófobo.
No veo un futuro apocalíptico para nuestro país porque, más o menos, el discursito del nacionalismo va cayendo de apoco, pero aún veo más de un texto diciendo que en la Sociedad Rural se hace patria, o cosas por el estilo.
Hace un par de días, escuché a un tipo, un tipo de esos que defecan billetes, hablando sobre un descampado:
– Ya van a ocuparlo los negros, como pasó en Buenos Aires.
¿Así se hace patria? ¿Opinando contra el resto? Quizás es verdad eso de que un país se hace por sus enemigos y yo me estoy mandando cualquiera. Quizás, la bocha es hablar en todos los medios, diciendo que hay que reprimir a los villeros, que hay que darles más armas a la policía y hasta permitir la libre portación de armas, como rezaba la campaña pasada de El Mesías Agüero.
La apología del odio hacia el otro es muy sutil y nos invade todos los días. Diferencias, en una noticia, a un criminal de un criminal boliviano o peruano, es xenofobia, señala la nacionalidad como una característica del criminal. Nunca va a decir “un ser humano igual a todos nosotros asaltó un almacén”.
Si alguien recuerda el caso del violador serial, Marcelo Sajen, recordará el vergonzoso identikit que habían hecho del sospechoso: era el pararrayos de los rasgos norteños. Y a todos les resultó completamente creíble. A un amigo mío lo metieron en una celda por tener todos esos rasgos, y al final, el violador resultó ser bien blanquito. Y cuando lo encontraron, finalmente, saltaron las viejas diciendo:
– Turco, tenía que ser…
Ésa es la muestra del enano facho que todos tenemos adentro; un enano del que no somos del todo culpables. Es casi como decir “somos lo que consumimos”, o “dime con quién andas y te diré quién eres”; por escuchar a Mario Pereyra, por ver a Cuadrado y por trasnochar con Tinelli, uno corre un riesgo severo de convertirse en un pelotudo. Por ver 678, por seguir el Twitter de Aníbal Fernández y por escuchar a Víctor Hugo Morales, uno corre el riesgo de contraer un oficialismo agudo. O por leer La Nación, ver TN y leer los informativos rurales y vivir en el Golf de Villa Allende, uno corre el riesgo de que le salga del pecho, cual Alien, el enanito facho tan temido por la gente como nosotros.
Por todo esto, yo digo que no hay que deslindar a los medios de la responsabilidad ante un acto de terrorismo de este tipo, del mismo modo que, a la hora de leer, ver o escuchar algún informativo, hay que estar siempre muy atento. Un programa como el de Mario Pereyra, por ejemplo, es un programa hecho para escuchar mientras uno barre la casa, para que sus ideas entren directamente a nuestro subconsciente mientras estamos pensando en lo que hizo la doña Pochola con el verdulero, que estaba tan bien casado, que tenía dos hijos tan lindos pero se les dio por fumar marihuana, pero qué chicos descarriados y desagradecidos, con lo que hizo su madre por ellos, Dios la tenga en su santa gloria, todo por culpa de la mala yunta, vio usted? Porque desde que se empezaron a juntar con los chicos del aguantadero, esos que estudian filosofía o una de esas cosas, no son los mismos, tan rectos que eran y ¿qué acaba de decir Mario?
– Que un grupo de bolivianos ocuparon un descampado en Buenos Aires.
–Ay, no entiendo por qué los dejan entrar a Argentina…
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