Ahora

Tracción de sangre

Si uno camina por la ciudad, difícilmente no se cruzará con algún episodio de falta absoluta de respeto. Ser peatón en las ciudades masivas es un deporte de alto riesgo. Hace dos semanas, en un trayecto de veinte cuadras, casi me mandan de viaje a la casa de madera y lápida dos veces. Creo que la segunda era intencional, porque la camioneta me estaba apuntando muy bien.


Yo me pregunto: ¿Qué necesidad, qué apuro tienen como para ir tan rápido? ¿Cuántos minutos podés perder por sólo esperar a que alguien termine de cruzar la calle? Son sólo unos segundos por persona que cruza; ¿alguien puede asegurarme que existe mejor administración de ese tiempo que el tener cuidado por la vida del otro? ¿O acaso el motivo no es la vida del peatón, sino el bocinazo del de atrás?

Es gracioso el asunto de las bocinas, porque un buen semiólogo podría realizar un estudio sobre su significado, y no sería muy difícil darse cuenta de que, en la mayoría de los casos, son utilizadas como un insulto. No es difícil hacer una estadística con esto.

Al respecto, uno de mis mejores amigos se detuvo cierta vez durante varios segundos con el semáforo en verde. El taxista que estaba atrás lo pasó, se frenó a su lado y le dijo:

– ¿Qué hacés, boludo?

– ¡Estoy mirando a esa mina!

… La calle es una jungla violenta. Ceder el paso es casi un tabú, dudar, pensar, ser gentil, actitudes demasiado humanas en un universo de máquinas. Recuerdo que, cuando era niño, mi barrio era como un pueblo chico cerca del centro, y si ponía un pie en el asfalto, los autos se detenían aún si estaban a punto de pasar. El pie en el freno pasaba casi el mismo tiempo que el pie del embrague. Un choque era un evento inaudito, y costaba trabajo entender qué había pasado antes de llamar al servicio de emergencias. Hoy, aún resuenan las voces de esas tías bienudas que le dicen al sobrino ciclista:

– Ya estás grande para andar en bici. Podés comprarte un auto; además, es más seguro el auto que la bici… por robarte la bici te pegan un tiro. Está muy insegura, la calle. Además, ya sos un hombre adulto, no podés andar dando esa imagen.

Ver esa escena en uno de los tantos episodios de mi vida, me hizo pensar en qué le pasó a nuestra cabeza para pensar con indignación: 1 – Que no te van a robar el auto. 2 – Que no vas a hacerte mierda en el auto. 3 – Que el auto es un signo de madurez y que la bici no lo es. 4 – Que uno desconsidere tanto los peligros que implica el uso de un vehículo motorizado.

Se justifica el uso del auto en forma prudente, eso sí; pero no me vengan con esas pelotudeces. Para mí, el auto y los vehículos motorizados en general, son armas de mayor o menor calibre. Así como un auto ahorra tiempo en trasporte, una pistola ahorra tiempo en discusiones. Y más aún si es una ametralladora 4X4 prestada.

Durante largo tiempo, los exámenes para sacar el carnet de conducir eran muy fáciles; a tal punto, que muchos de la ciudad de Córdoba se venían a las Sierras chicas para sacarlo porque el examen era lisa y llanamente nulo.

Hace bastante tiempo, una amiga fue atropellada por un pibe de unos veinte años que estaba corriendo una picada. A mí me encantaría saber por qué corren en lugares donde saben que habrá gente… Una vez, viendo un informe por la tele, un chabón que corría picadas decía que la cosa se ponía más interesante si había autos y gente en el camino, porque la adrenalina se dispara.

¡Claro! ¡Si la vida es un videojuego! ¿Cómo no me di cuenta antes? ¡El peatón tiene tres vidas, y si se le acaban, resetea el juego y empieza de nuevo!

Dejate de joder. Lo de apretar el botón de reset te lo creería si fuésemos todos hindúes y creyéramos en la reencarnación, pero aún así, no se puede ser tan irresponsable con la vida ajena.

Los derechos del peatón y la prioridad de su circulación están siendo constantemente sodomizados por la ley del más fuerte. A mí me encantaría salir con una armadura medieval, de esas de puro metal que pesan cincuenta kilos, y cruzar las calles con toda la paz interior del mundo, sólo para ver si alguien se anima a meterme el pecho con su auto, so pena de abollar la carrocería.

Mientras escribía esto, un chabón en un Corsa celeste, arrancó su auto al frente mío haciéndolo arar y salió disparado a 60 km/h. Yo me lo imagino al tipo creyéndose un sex symbol sólo por hacer eso… porque la onda Rápido y Furioso pecha la caca, ¿viste?

Todo esto viene de una necesidad de que las municipalidades impulsen el uso de bicicletas para el transporte individual. Digo ahora todos los beneficios a futuro:

1 – La bicicleta ocupa muy poco espacio para estacionarse.

2 – Su contaminación es la de los materiales que se usan para producirla y no emite más gases que los de su chofer.

3 – Si un ciclista atropella a alguien, sólo puede haber un par de esguinces y moretones como consecuencia.

4 – Fomentan la venta y la producción de pantalones largos que se rompen por el roce durante el pedaleo. De hecho, una vez se me rompió un pantalón y con un par de retazos de tela, me hice un pantalón Oxford. En ese tiempo, tuve mucho levante. =)

5 – Si te roban la bici, no perdés tanto dinero, y aún así, son muy pocas las bicicletas que se roban en estos tiempos.

6 – El transporte público se las vería muy jodidas para extorsionar al pueblo con paros porque el pueblo tendría otras alternativas.

7 – Sería un gran ahorro en gastos de salud, ya que la gente haría ejercicio todos los días y tendría un cuerpo mucho más sano. Además, el ejercicio hace que se produzca más endorfina, que es la hormona de la felicidad, el leit motiv de la Subcomisión de Fiestas.

Y todavía hay más razones, pero me da paja mencionarlas. Lo complejo sería el hecho de que un fomento de un vehículo como la bicicleta es mucho menos rentable que la mega inversión de las empresas automotrices, pero no me vengan a decir eso porque sería muy cínico de su parte. Muchos accionistas y lobbystas estarían en el horno por culpa de estas iniciativas que son, indudablemente, beneficiosas para la población. Pero un pueblo sano vale más que mil tongos, y al que quiera demostrar lo contrario, más le conviene que venga con un buen chamullo y un muy buen soborno.

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