Ahora

El Hombre como medida de todas las cosas


"Cuanto más conozco a los hombres,
más quiero a mi perro"
Lord Byron

Ante la próxima llegada del día del amigo, me dieron ganas de prestarles poca importancia a los dichos de Fito Páez, al 90% fachistoide de la Capital Federal, a los negocios inmobiliarios que aprovecharon los fondos de la Nación, etcétera. En cambio, preferí rendirle culto a los amigos; pero no a los bípedos, sino a esos amigos especiales que nunca aprendieron castellano. Y, como es casi costumbre, lanzar un grito de guerra  contra la violencia hacia los animales.



En el Génesis, Jehová le dio a su primogénito, Adán, el poder de dar nombre a todas las cosas; un poder casi infinito de dominio sobre el mundo que aún hoy demuestra sus excesos. Un exceso primero: el Hombre como medida de todas las cosas. Un primer acto de violencia hacia un mundo que nada podía hacer para defenderse. Gaia nunca pudo decidir sobre su propio nombre, su sexo, su identidad, del mismo modo que un niño, al ser bautizado, es un ser tan indefenso que no puede resistirse más que a través de un ignorable berrinche.

Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrándose sobre la tierra.

Grafitti encontrado en alguna calle de alguna ciudad

En la Moder-
nidad, muchos años después de que se iniciara la carrera meteórica del dominio sobre las cosas, un hombre proclamó la muerte de Dios; un loco, un tipo cuyo fallecimiento fue festejado por quienes ostentaban el poder. Nietzsche dio el puntapié inicial de un juego que derivó en el agnosticismo de nuestros días.

Ya se había roto el muro del antropocentrismo con Copérnico y la caída de la Tierra como centro del universo; pero no fue sino hasta fines del siglo diecinueve que alguien se animó a decir que somos libres. Y con tanta libertad, el ser humano, desnudo ante un mundo que se le revela incógnito, empieza a cuestionarse su rol; al igual que en un nuevo país que tiene que plantearse su identidad, las luchas por darle un sentido a la vida se desatan con violencia usando las palabras como armas.

Hubiera sido imposible siquiera imaginar una organización ambientalista antes del certificado de defunción de Dios.
Pero no son pocos los que prefirieron continuar con el ser humano viejo, el dueño de las ideas, el gestor de los significados. No son pocos los que prefirieron la propiedad privada de dominar la naturaleza. De más está decir que no son pocos, también, los que se beneficiaron y se benefician con esta filosofía antediluviana.
De ahí vienen los que se adueñan del poder sobre la vida y la muerte, los que cazan por deporte, los que asesinan por pura saña, los sedientos de sangre que se descargan con la fauna sólo porque el homicidio es ilegal. Vienen del paso decisivo de la caza por supervivencia a la explicación de un mundo que nunca necesitó ser explicado. Vienen del escalón evolutivo que nos hizo reunir alrededor del fuego para contar la historia de los hombres y lo que pasó antes del primer parto celestial.
Así, cuando alguien mata a un animal, no tiene el deber de confesarlo ante un cura; porque nunca fue pecado, nunca fue condenada la asimetría entre los humanos y la naturaleza.
Pero algo extraño pasó en la coherencia de este pecado del matar. Por un lado, el “no matarás” que Jehová le gritó a Moisés, antes de que la cague con el vellocino de oro, nunca habló de una distinción entre humanos y animales; o será que a nadie le importó ese detalle o será que en la traducción del hebreo antiguo se olvidaron de algo importante. Y por otro lado, nunca hubo mucho detenimiento en matar en nombre de –inserte algún dios aquí–.
Los dueños de las palabras recurrieron a la idea de la “jihad”, la guerra santa, para justificar las Cruzadas y las barbaridades de la Non Sancta Inquisición. Pero… ¿qué excusa tienen los que aún son cristianos y no anulan la pena de muerte? ¿es la ley un reemplazo de su dios? ¿Tan poderosa es la ley que ahora tiene la misma autoridad que el creador mismo del Cielo y de la Tierra?
En la búsqueda de una explicación del universo, la Ciencia intenta desesperadamente reconstruir el Big Bang, pero no hay ningún físico que explique científicamente que matar es, lisa y llanamente, malo, sea quien sea. La Ciencia no intenta ser el nuevo Dios, pero empieza a ser el argumento de los nuevos mandamientos; pero el robar, el matar, el mentir y el poner cuernos, siguen basándose en una moral antigua para los tiempos agnósticos: sin un Dios que justifique la ley, la ley queda tan desnuda como el primer mono que se paró sobre sus patas traseras.
Señale las diferencias
El dueño de la palabra, el que puede decir qué está bien y qué está mal, puede legislar a favor de matar animales que no corren riesgo de extinguirse o a favor de usar glifosato para matar hierbas que obstaculicen la producción de soja. Queda así en sus manos su control sobre las plagas.
El diccionario de la RAE define ‘plaga’ de esta manera: Aparición masiva y repentina de seres vivos de la misma especie que causan graves daños a poblaciones animales o vegetales.

¿Qué tal si cambiásemos esa entrada del diccionario y le pusiésemos “ser humano”? ¿Sería el nacimiento un comando de control de humanidad?

1 comments:

  1. Fito Paez esta desconcertado, no sabe si tiene que darle asco el 42% de los cordobeses que votó a De la Sota o no.

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