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Storville: El vicio, la música y el amor



Córdoba, 25 de Junio de 2011

Estimados oyentes de nuestro programa:

Cuando los caminos se cruzan en un punto determinado, ocurren encuentros que justifican el universo. En una encrucijada de la carretera 61 fue donde Robert Johnson pacto con el maligno. En una encrucijada del Monte Calvario, el hijo del hombre dejo de ser solamente un hombre.


La ciudad de Nueva Orleans, era un lugar de encrucijadas a finales del siglo XIX, allí, convergían líneas férreas y marítimas desde todos los puntos cardinales, y transitaban fugazmente sus calles gente de negocios y aventureros. En Nueva Orleans, que fue originalmente un bastión Francés, encontrábamos la mitad de la población negra, y la mitad de esa mitad eran esclavos. En Nueva Orleans se desarrolló una agitada vida nocturna, especialmente después de la liberación de los esclavos (1863) y de la legalización del juego (1869).


Y así como el matrimonio legisla el amor de los enamorados y la Iglesia organiza el amor de Dios. El amor de los solitarios fue delimitado y organizado en el distrito de Storville, de manera oficial y por un edicto municipal, en el año 1897 . A partir de entonces y por muchos, muchos años, Storville se convirtió en la Magdalena de los necesitados, en el negocio floreciente de miles de hombres y mujeres que regresan a la ceremonia infinita, por amor, por dinero, o por las dudas.

“Siempre dirigí las cosas de manera estricta, del mismo modo en que un buen capitán dirige el barco. Por las mañanas, la casa era como una tumba. Las chicas dormían y Harry regaba las jardineras y las banquetas, con las cortinas cerradas. Adentro, Lacey Belle y dos criadas limpiaban los ceniceros, barrían, sacaban las manchas de los vasos mojados y separaban las sábanas. No tenía ningún caso hacer de comer porque no era sino hasta las dos de la tarde que algunas chicas les gritaban a las criadas para que movieran sus negros culos y les llevaran cafe. Las chicas toleraban poco hasta que su café llegaba. Y yo ternía que cuidar que las borrachínas no bebieran whisky. Insistía en que todo el mundo estuviera abajo a las cuatro de la tarde para comer. Y las obligaba a lavarse, peinarse correctamente antes de que ba­jaran y ponerse ropa limpia o batas. Cuidaba que la cocinera les sirvieran una buena comida”

La que relata este mundo cotidiano no es otra que Nell Kimball (1845-1934), autora de “Memorias de una madame americana”, que fue regente y empleada en una casa de tolerancia de Storyville. Y el alma de su relato, revela lo débil de lo que a veces consideramos verdades irrefutables: Allí la madame nos cuenta lo efímero de lo que consideramos sagrado, lo sagrado de lo que consideramos efímero, lo que pude cobrarse o no, la familia como una institución espontánea y no de la estirpe, como una comunión de almas, como el refugio de los espiritus castigados por la soledad, como mentira de la sangre.

El 4 de Agosto de 1901, una comadrona ayudó a Mary Albert en un parto complicado, resuelto milagrosamente en una mísera cabaña de una zona marginal de Nueva Orleans, donde ella vivía con su esposo Willie Armstrong, trabajador analfabeto de una fábrica de aguarrás. Cuando apenas habían pasado cinco años de ese nacimiento, Willie abandonó el hogar, y el pequeño y su madre, tuvieron que irse a una vivienda situada en la confluencia de las calles Liberty y Lostead, en el barrio de Storville. Mary tuvo que trabajar de a ratos en los burdeles de la zona para mantener a su querido niño, que correteaba por las tardes en los establecimientos públicos que cerraban de madrugada… Y esas madrugadas, años mas tarde, hicieron de Louis, ya en su precoz adolescencia, un seguidor entusiasta de los músicos de la época.

Es así que Louis tuvo pronto la ocasión de cantar en los cabarés y aprender de Willie Bunk Johnson, uno de sus ídolos, el arte de tocar la corneta. Es muy probable que Nell Kimball los hay contratado más de una vez para animar su Burdel. Es muy probable que las notas agudas del trompetista más grande de la historia, revivan una y mil veces el gemido del placer efímero de dos desconocidos.
Cito a Julio Cortazar: “Parece que el pajarito mandón, más conocido por Dios… sopló en el flanco del primer hombre para animarlo y darle espíritu. Si en vez del pajarito, hubiera estado allí Louis para soplar, el hombre hubiera salido mucho mejor…”

El 12 de Noviembre de 1917, el barrio de Storville dejó de ser el Templo de la nueva música y del antiguo oficio. El decreto del secretariado de Defensa estadounidense, por el que se prohibía la prostitución en las cinco millas circundantes a todo acuartelamiento militar, acabó con los burdeles, los cabarés y… en consecuencia, con el trabajo de la mayoría de los músicos negros, que habían crecido, como Louis en esa fabulosa barriada.

Y así, lentamente y bajo la estricta vigilancia legal de los puritanos, las enfermeras del amor y los inventores de un nuevo lenguaje musical, emigraron con sus sueños a nuevos lugares… lugares que quedan muy lejos de los cuarteles militares y de la fiscalía moral del Universo.

Algunos Monos vivimos en la fatigada búsqueda de encontrar esos lugares, de rastrear esos sueños que otros soñaron. De contemplar, una vez más a Louis soplando y cantando… con su mugido de ciervo enamorado.

Desde Alberdi, les escribió Silvio, enormísimo cronopio.





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