Ahora

Hipokrites

El domingo pasado, el diario La Nación publicó un monólogo de Enrique Pinti titulado Hoestidad Brutal. El texto hacía apología de la honestidad a gritos como una forma de hablar del mundo a martillazos contra la hipocresía. De onda, y con todo mi respeto hacia Pinti, me sorprende que un actor hable de la hipocresía como un valor negativo, sobre todo porque “hipócrita” viene del griego “hipokrites”, que significa “actor”. Me sorprende que no haya pensado en ello y que no haya recordado que la hipocresía, tal como se la conoce ahora, no es sólo un caretaje de señoras bien que miran por encima del hombro.


Considero aún más hipócrita hablar en contra de la hipocresía, como si fuese un macrocosmos de esa actitud de las chicas populares de las películas yanquis, como si fuese algo inherente a los habitantes del Golf de Villa Allende… Por ejemplo: Yo soy hipócrita. Yo saludo con una sonrisa al colectivero que me mira con cara de “más te conviene que tengas cospel”. Yo le doy las gracias al almacenero que me acaba de afanar con el precio del pan del mismo modo que le agradezco al municipal por cumplir con su trabajo después de hacerme esperar media hora de desayuno con mate cocido y criollos. Yo le deseo un buen día al taxista que me acaba de ahogar con un discurso fachistoide durante todo el viaje y hasta le pago la tarifa, y no tengo drama en poner cara de póquer cuando observo que no tiene sentido tratar de discutir con un militante férreo, ya sea de la comunidad homófoba, del peronismo viejo o del kirchnerismo teológico, aunque generalmente me retiro ruidosamente con cara de guanero.

La hipocresía, como actitud, es algo que cometemos todos los días, no nos hagamos los boludos. Pero no le veo ningún sentido al condenarla ciegamente sin juzgarnos a nosotros mismos. Dijo un ebrio, en el bar, “si no existiese la hipocresía, nos llenaríamos de enemigos”. Todavía no estoy seguro de si ese fui yo o alguien que no recuerdo.

Sí hay una hipocresía que es nociva y venenosa, de todos modos, y es una que conocemos más de lo que quisiéramos; es una de las que más homenaje rinde a su etimología: el actor.

Nos actúan en la cara. Lo vemos a diario: en la televisión escuchamos y vemos verdaderas y espectaculares performances políticas, obras de teatro con públicos masivos que no terminamos de saber cuál es su contenido ficticio. Son actores profesionales con título de abogacía e inodoro de plata; reciben lecciones intensivas de teatro pero rinden libre la formación ética. Esta hipocresía sí se merece un tilde negativo, la que nos dibuja un universo precioso mientras esquían a nuestras espaldas, la que nos habla de democracia mientras reman nuestras voluntades.

Hipocresía es hacer apología de la democracia sin llamar a un plebiscito. Hipocresía es decir que, después de la dictadura, la democracia es un triunfo del pueblo, cuando todos debiéramos saber que la dictadura nos vino para eliminar las posibilidades de adoptar otras formas políticas. Pero, ante todo, hipocresía es simplemente una forma de supervivencia. Ante la democracia actual acabamos teniendo una especie de Síndrome de Estocolmo y les rezamos glorias y madrenuestras en lugar de ponerla en tela de juicio.

Los camaleones son muy sabios, no tanto así lo es el que vive en la jungla urbana diciendo siempre su sueño de vivir alejado de todo. Para esa persona, para ese frustrado buen salvaje, vivir en la ciudad es poner a prueba su tolerancia. Y ése es otro término que se equivoca casi siempre y se ha convertido en una hipocresía de la lengua… o no… la tolerancia es, por definición, el respeto por lo diferente o lo contrario. Es decir, tiene algo de oposición, algo de negativo y algo de vegetativo: tolerante es quien no reacciona. Uno tolera al político que se hace el boludo después de balear a menores de edad, uno tolera al que le está sustrayendo la billetera vía impuestos para financiar sus negocios privados y la publicidad de las próximas elecciones. Pero me niego a decir que “tolerancia” es considerar que todos somos iguales. Tolerar es señalar diferencias y decir que todos somos iguales es ser muy pelotudo ante la realidad y olvidar que la igualdad es un ideal por el cual luchar hasta exhalar el último grito.

Es muy gracioso y triste escuchar a alguien decir que lucha por la igualdad y, media hora después, que quiere cambiar su celular. Pero, al mismo tiempo, es hipócrita pensar que los seres humanos debemos ser coherentes toda la vida.

La abuela me decía
Abuela – Todos esos ideales políticos de izquierda son muy lindos, pero son cosas de locos adolescentes. Con el tiempo, uno madura y se da cuenta de ciertas cosas. Mirá a Leopoldo Lugones; cuando era joven, era socialista, pero después maduró y se dio cuenta de que el mundo no es así de fácil”.

Esa tarde, fui hipócrita. Contesté con un “ajá” y nada más.

El 13 de junio fue el día del Escritor en homenaje a su nacimiento: un escritor que fue socialista y terminó consagrando al Martín Fierro para combatir ideológicamente a los inmigrantes que venían con ideas anarquistas, socialistas y comunistas.

El lunes fui tolerante. Di un feliz día del escritor a todos los escritores que conozco y desconozco, no tanto pensando en Lugones, sino pensando en esos escritores que desestabilizan los significados de las palabras y las ideas.

Quisiera, como uno quiere tener suerte en una noche, que algún día se diga públicamente que el día del escritor será en homenaje a un Roberto Arlt, a un Borges, a un Cortázar, o seamos más bestiales –si vamos a soñar, vamos a soñar bien–, a un cabezón Sotelo, a un Kohan, a un Tejerina, a una Andruetto. Cualquiera, por lejos, cualquiera prefiero antes que a un padre de poesías hermosas, pero abuelo de la picana eléctrica.

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