Córdoba,19 de Mayo de 2011
Estimados Oyentes del Programa Radial “Sangre de Monos”:
El escritor escocés Sir James Matthews Barrie (1860-1937), autor de la conocida novela "Peter Pan y Wendy. La historia de un niño que no quiso crecer", nos propone un relato donde explora nuestra reticencia a dejar atrás la inocencia de la infancia y las consecuencias de no hacerlo.
Wendy tenía muy pocos años cuando, un día, su madre le dijo cariñosamente: "¿Por qué no puedes quedarte así para siempre?". A pesar de que esto fue lo que le permitió a Wendy enterarse que crecería, también escuchó las palabras de la madre como un deseo: No crezcas.
La orfandad de Peter Pan es una tragedia, él no sabe su edad, sólo recuerda que se escapó el día de su nacimiento, cuando escuchó hablar a sus padres de lo que él sería cuando fuese hombre."…No quiero ser nunca grande. Quiero ser siempre un chico".
Estimados oyentes, empecé la misiva de esta semana pensando acerca de lo que escribió un amigo acerca de que somos una generación sin líderes, una generación perdida, asediados por la desinformación mediática corrosiva y manipulada por empresas y corporaciones. No quiero ejercer el cinismo inescrupulosamente, pero la postura del personaje de Barrie se parecen mucho a la de mi amigo.
Cuando se conocen, Peter le cuenta a Wendy con quienes vive: "Soy el capitán de los Niños Perdidos pero estamos muy solos. No tenemos compañía femenina, porque las niñas son demasiado listas para caerse de sus cochecitos". Es evidente, Peter Pan sabe halagar y decir la palabra justa que seducirá a Wendy.
En el inicio de la relación entre Wendy y Peter se evidencia cómo se seducen prometiéndose mutuamente lo que necesitan. Y cómo cada uno escucha, aunque no haya sido dicho, lo que quiere oír. Wendy necesita irse del lado de su madre porque ésta le había pedido que no creciera. Peter le ofrece lo que ella necesita: encaminarla a ser la madrecita de muchos niños.
Luego de instalados un tiempo en la casita que, en el País de Nunca Jamás comparten, poco a poco Peter empiezan a tomar conciencia del paso del tiempo y se angustia. Mientras trataba de permanecer inmutable, no había problemas, pero cuando Wendy dice que ella ya no es la que era antes, él se pone serio. Jugar a ser padre sí, pero no serlo de verdad, porque eso significa dejar de ser hijo, dejar de ser niño. En un diálogo de ruptura Peter le dice: "Eso de hacer de papá de verdad me haría parecer muy viejo"; a lo que Wendy responde: "Pero los niños son tuyos, Peter, tuyos y míos". Ella se pone insistente. Se está impacientando. Y en él se acrecienta la angustia. Wendy, tratando de recuperar la serenidad, le dice: "Y ahora, dime Peter Pan, ¿cuáles son tus sentimientos hacía mí?". Peter contesta: "Los de un hijo cariñoso". Wendy, furiosa, sentencia: "Ya me lo figuraba".
Surge el fin de la ilusión, la del amor eterno, la de la perenne juventud, no crecer, no cambiar, no sufrir… Cuando el tiempo nos atropella como un colectivo sin frenos, empezamos a buscar excusas. Es frecuente evadirse, o lo que es peor, y más cobarde: Culpar a otro. A los líderes que no estuvieron, a los que fomentaron nuestra estupidez, al tiempo que pasa y nos exige dejar de ser niños. Y dejar de ser niños no se trata de negar fantasías, imaginación y libertad. Se trata de aceptar nuestra responsabilidad frente al otro, ese otro que soy también yo.
En el capítulo "Filosofía bartiana", de la temporada número cinco de los Simpson, esos filósofos posmodernos, Bart accidentalmente estimula a toda la ciudad a actuar como él, gracias a un terapista de autoayuda llamado Brat Goodman, el cual le dice a la desesperada Springfield, que todos sean como su niño interior, que sean como Bart, que hagan los que se les antoje….
El experimento no prospera porque la mayoría de los adultos de Sprinfield creen que el Paraíso perdido de la niñez, que la tierra de Nunca-jamás la conforman una especie de irresponsabilidad poco seria. El adulto mira al niño desde sus prejuicios, creyéndose superior…., lo mira como un ser con facultades acotadas, sin decisión propia, un ignorante simpático… y lo envidia porque cree que hace lo quiere, cuando quiere y como quiere. Afortunadamente, la cosa no funciono así.
Ellos tienen un código ético y secreto, del que alguna vez fuimos dueños y al que no retornaremos coleccionando figuritas o haciendo berrinches intelectuales. Yo no se exactamente como funciona, pero sí se una cosa: No hay nada más serio que un niño jugando.
Desde Alberdi, para Sangre de monos, les escribió Silvio… el justiciero de la rayuela.
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