Ahora

Creerás o arderás en el fuego

Si Dios lo sabe todo, ¿cómo no iba a saber que Eva y Adán iba a morder el fruto prohibido? Si me dicen que fue porque Dios nos dio libre albedrío, yo digo, si él lo creó todo, ¿por qué puso en el Edén tan tentador árbol? O quizás, la idea fue crearlo todo, saber lo que vendrá y asegurarse de tener súbditos motivados por la culpa de haber cometido el pecado original.


Y así, somos todos culpables de pensar. Y si todo eso del Infierno fuese cierto, cuando muera, estoy jodido.

Pero no. Estoy –casi- seguro de que, después de la muerte, hay gusanos. A lo sumo, hay adolescentes jugando a la Oui-ja, y les voy a romper las ventanas de su casa de nenes bien por no dejarme descansar tranquilo.

Tomad y bebed todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre
Sin embargo, en el mundo hay tantas religiones como países, y tantas interpretaciones de la espiritualidad como cabezas pensantes. Algunos pocos seres honestos sólo usan esos pensamientos para levantar en un boliche; y algunos más honestos aún, los usan para levantar masas enardecidas y desesperadas por una explicación de sus penurias. Si querés poder fácilmente, fundá tu propia religión.

Obviamente, no es una tarea fácil llegar a ser un vocero de la sabia palabra de San Chuck Norris; hay que tomar varios cursos de teatro, tener buena vocalización y un discurso simple, fácil de entender y, ante todo, muy coherente. Por supuesto que tiene que haber algún misterio, porque si es demasiado simple, algún feligrés va a sentirse con el derecho de predicar por su cuenta y te vas a tener que bancar la competencia.

Aún así, el misterio del texto escrito, la biblia de cada uno, no es garantía de que uno sea dueño absoluto de su lectura. Desde la imprenta de Gutemberg y la movida de Martín Lutero, es evidente que por más complejo que sea el texto, todos los que sepan leer podrán dar su propio punto de vista.

Justamente, para eso es importante aturdir a los creyentes con un buen espectáculo; para que, aunque puedan hacer su propia lectura, quieran seguir yendo al templo para disfrutar del Evento Espiritual, el Show de la Fe.

En mi corta vida, he visitado varios templos de distintas órtenes cristianas y evangelistas, y pretendo seguir haciéndolo siempre y cuando no reconozcan mi rostro en la puerta y un patovica me saque a patadas. Tuve la oportunidad de presenciar una misa luterana en un templo que, por respeto, no voy a mencionar. Me llamó la atención una contradicción digna de un poema. Si bien el luteranismo aboga por la lectura de cada fiel de los textos sagrados, el sermón del pastor era tan unilateral como el de cualquier cura católico, con una sola diferencia: en una pantalla gigante proyectaban las citas que el pastor tomaba de la Biblia para fundamentar su discurso, y cada creyente abría su propio ejemplar de la Biblia para corroborar que la cita efectivamente estaba ahí.

De todos modos, mi preocupación no se centra en el poder evidente de las religiones más difundidas del mundo, sino en aquéllas que demuestran actitudes castradoras mucho más fuertes que el impedimento del matrimonio para todos y todas. Me refiero a cultos que se convierten en un peligro directo para el libre albedrío. Está bien, cualquiera me puede decir que el Cristianismo también lo es, pero mal que mal, uno puede pecar un poquito y después reconciliarse con el creador.

En cambio, en religiones como la de los Testigos de Jehová, actitudes como la de relacionarse –es decir, charlar- con alguien que no es de esa religión, es motivo de censura y un proceso de reforma psicológica hasta readaptarse a la vida aconsejada para todos sus miembros.

Acá estamos hablando de una prisión dentro de la urbe: sólo con fines evangelizadores uno puede hablar con los que no son de la propia religión. Y si alguien abandona el templo, ningún miembro tiene permitido hablarle.

Hay muchos casos, a nivel mundial, de gente que ha llegado a perder a su familia por esto. Y el sentimiento de culpa que genera esto, la impotencia, la desnudez ante el mundo, se convierte en un peligro hasta para la propia vida.

Éste es sólo un caso, pero no es el único. También están la Cientología, los de la Iglesia Universal, y otros tantos que han demostrado una aguda manipulación del pensamiento de la gente, aislándolos de la realidad a través de una ficción pseudo-religiosa.

A los Mormones no los meto en la lista porque si alguien es tan gil como para creer que el Mesías es un yanqui, que se joda por comprar buzones en Wal Mart.

En este año se aprobó el proyecto de asistencia psicológica para las víctimas de las sectas. La iniciativa es la parte más urgente de un movimiento internacional de lucha contra las sectas nocivas para la integridad intelectual, económica y espiritual de las personas.

La propuesta final sería la prohibición de las sectas que operen de esta manera; pero se corre con el riesgo de contradecir el derecho de libertad de culto. Tristemente, tengo pocas esperanzas al respecto; por más que sea parte del ideal de mundo, la utopía que reina en mi precario e inestable cráneo, no puedo hacer la vista gorda al hecho de que todos tenemos el derecho de creer en lo que se nos cante el izquierdo.

Pero, al mismo tiempo, no dejo de tener miedo de perder algún amigo por eso. Me da un cagazo terrible la posibilidad de que alguien a quien yo estimo, en un momento de debilidad e incertidumbre ante un mundo que no lo favorece, caiga en la trampa de una de estas organizaciones ponzoñosas.

Tampoco es que me vaya a perseguir mucho; por suerte, la mayoría de mis amigos no se comen cualquiera, pero el riesgo existe, como quien corre el riesgo de morir en condiciones deshonrosas.

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