Ahora

Algún Flash

La Subcomisión de Fiestas en sus inicios
Flash: La Renga es la banda primate por excelencia. El festivo arranque del programa es una sinécdoque del origen mismo de Sangre de Monos: aquella noche en que, durante el cursillo de Letras, Monovalente metió a un grupo heterogéneo de estudiantes dentro de la Subcomisión de Fiestas. Esa misma noche, una guitarra fue pelada y sonó el primer tema, un rito de iniciación, una veneración al carácter lúdico y rocanrolero: Psilocybe Mexicana.


Alguien: Tiempo después, Flash derrapó con su cuerpo alrededor de un árbol y consagró su apodo bailándole erógenamente. Hoy puede verse al mismo árbol, frondoso y crecido al frente de la Escuela de Historia.

Flash: Cada vez que veo a ese árbol se me arrima una lágrima de nostalgia, pero se esconde rápidamente para no pasar por emo frente a las alumnas.

Alguien: El 9 de abril, La Renga presentó en Carlos Paz el disco Algún Rayo, y no podía ser otro que Flash el que fue a cubrir el evento. Llevando puesta su gastada remera que lo identifica, se convirtió en el oportuno blanco de miradas.

Flash: Después de ver bandas notables que estaban de teloneras, el público ya se había concentrado en el Polideportivo Municipal Carlos Paz y se comprimió en una turba indescifrable de cuerpos y trapos.

La banda Averno, de Unquillo, obligó con un poderoso heavy metal a levantar al cielo los cuernos, desafiando al paraíso a desatar una guerra espiritual contra los simples mortales. Bajo la hipnosis de una impecable interpretación de Enter the Sandman, la muchedumbre comenzó a hacer chispear los hombros contra los hombros y estiró los músculos para la llegada de Maza, que agitaba tanto que más de uno se hizo encima. Al frente del predio, en el chetito hotel Portal del Lago, las viejas cortesanas se desmayaban ante semejante falta de decoro. Los turistas extranjeros no podían entender por qué el público no se sentaba en butacas y disfrutaba el espectáculo en silencio.

Durante todo este tiempo en que todavía el cobarde Sol no se había escondido, yo me preguntaba por qué había un tremendo armatoste de luces en el escenario. Soñé con sólo cuatro de esos tachos, nada más, para mi grupo de teatro, y se me piantó un lagrimón.

Luego llegó Santa Esquina y los pechos entraron en ebullición con su sonido ricotero. La venta de cerveza se duplicó para apagar el vapor que salía de las orejas y empecé a convertirme en fumador pasivo de faso. Un conejo violeta me dijo que la banda estaba buenísima y yo asentí y le aconsejé que se ponga un pantalón.

Se fue Santa Esquina, la gula llevó a muchos a pedir hamburguesas y cerveza durante toda la media hora que la gente esperó estoicamente la llegada de La Renga. Y aparecieron… para qué…

¿Presentación? No, de prepo: Canibalismo Galáctico. El primer tema del álbum, con un ruido que bien podría ser la banda sonora del Big Bang. Fue desplegada una bandera kilométrica y debajo de ella se metió tanta humanidad que el olor a chivo más suave hacía llorar a las cebollas.

Entre temas viejos y nuevos, un homenaje al público, a los que “se vienen de todas partes a ver cómo desde la chispeante luz interior se desata la furia de la bestia rock”, y pudimos ver al gerente guitarrista Nacho Smilari acompañándolos en el tema Poder, uno de tantos gritos revolucionarios de la banda.

Después de dar un espectáculo que bien podría haber bastado para justificar mucho más que el pago de la entrada, se fueron del escenario unos veinte minutos. El público aprovechó para hornearse la nariz, rascarse un poco y oler sus axilas para asegurarse de algo que, desde hacía rato, era evidente. Por lo demás, sólo algunos pocos que habían llevado a sus hijos, se acercaron un poco a la salida, pero se quedaron ahí sólo por las dudas. Un nene de unos cinco años, a sólo un par de metros de donde yo estaba, les insistió a sus padres que se quedaran. El mocoso tenía más agite que el epicentro del pogo. Un porteño atrás mío gritaba con insistencia que los cordobeses no saltaban; le hubiera encajado una patada en la coronilla si no fuese porque era gracioso verlo tan clavado en el piso que parecía una caricatura de su propio chiste.

Durante los bises obligados por ese público que ni se molestó en moverse de enfrente del escenario, sonó un tema que por poco no me hizo llorar como viuda: El final es donde partí. Recordé el año 2003, cuando cumplí 19 años y les dije a mis viejos que quería ver la presentación en el Chateau del disco Detonador de sueños (obviamente, la idea era manguearles plata para la entrada porque mi bolsillo apenas era el hogar de pelusas). Mis viejos me dijeron que no, porque ellos tenían la idea era ir a algún lugar a cenar juntos. Después de ponerme a dar todos mis argumentos y verlos negados por esa pelotudez de las tradiciones familiares recién inventadas, les dije:

Flash: – Bueno, entonces, vamos a cenar a un castillo.

Madre: – Pero no hay castillos acá; en serio, ¿a dónde querés ir a cenar?

Flash: – A un castillo.

Madre: – No, en serio.

Flash: – Bueno, entonces vamos a un restorán mejicano.

Madre: – Pero sabés que tu papá no soporta la comida picante.

Flash: – Que pida algo que no sea picante.

Madre: – Pero ya sabés cómo es… si ve que es un restorán mejicano, va a dar media vuelta y se va a ir. Mirá, ya sé, vamos a ir a un lugar que parece un castillo.

Flash: – La puta que lo parió, goodbye La Renga…

Y me llevaron a un restorán megacheto en el Cerro de las rosas. Comí una de esas comidas que mezclan caramelo con carne, fui mirado por encima del hombro por hembras de nariz por las cejas que tranquilamente pudieron ser estrellas porno en el pasado y fui completamente ignorado por la gente que podía olfatear mi insolvencia y mi carencia de sangre azul. Me embriagué con un torrontés de marca “qué se yo”, pero de la misma industria que el Michel Torino. Esa noche fue conocer algo similar a un vino fino después de ver a diario el tetra sobre la mesa. Mi presencia en ese lugar tenía una baranda a medio pelo que hasta Jauretche se me hubiera reído en la cara.

Y bajo la excusa de ir al baño, me escapé al mirador del cerro, que por suerte estaba a dos pasos de ese reducto clasista. Prendí un pucho, me senté en el borde, con los pies al aire, y miré hacia el Chateau. Desde ahí, podía tapar el estadio poniendo mis dos manos juntas, pero podía oír claramente: “En qué lugar habrá consuelo para mi locura”.

Años después, sonó ese tema al frente mío, como si mi presencia en ese Polideportivo fuese un deber cósmico.

Al terminar el espectáculo, fui flotando hacia la salida, con tanto cansancio en cada parte del cuerpo, en cada uña, en cada pelo, pero estaba en el aire. La carne no pesa cuando el alma está en la nada.

Sólo una duda, una inquietud, una crítica me queda en la punta de la lengua: ¿cómo puede ser que Palazzo haya permitido que en la barra vendan fernet con Pepsi? ¡¡Herejes, irrespetuosos, fariseos!!

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