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Los semitas. La caída de Jericó.

La tierra prometida
Después de la muerte de Moisés, Josué quedó como sucesor del Profeta. Entonces, reunió a los ancianos de las Doce Tribus Israelitas, y les dijo: «Dios me ha hablado... Reunid al pueblo y decidle que prepare comida para un largo viaje, porque muy pronto voy a llevaros más allá del Jordán hacia la Tierra Prometida.» Luego, Josué llamó a dos hombres aparte: Catob y Flascahab para encomendarles una peligrosa misión.

Maná
Josué les encomienda adentrarse en la ciudad amurallada de Jericó, lugar estratégico clave para luego tomar Canaán. Al parecer allí reside una vieja amiga de Flascahab que les puede dar información valiosa para el ejercito Israelí. Los muchachos, hartos de comer maná y vagar por el desierto los últimos cuarenta años aceptan el encargo de su caudillo.

Los dos espías se fueron a la ciudad pagana de Jericó y visitaron a una mujer llamada Rahab, cuya casa estaba sobre el muro de la ciudad…

Rahab le cuenta a los visitantes lo atemorizada que esta la gente con los Israelitas, que han acampado al otro lado del Jordán. Saben que su Dios es poderoso. Han oído cómo los sacó de Egipto y secó el mar Rojo para que pudieran pasar. Acepta ayudarlos con la condición que salven a su familia cuando tomen la ciudad, a excepción de su esposo Adolhop al que que ya no aguanta más y del cual se quiere deshacer.

En ese momento se escuchan unos pasos acercándose hacia la puerta…

Adolhob saliendo del closet frente a su tropa
Rahab se da cuenta que es su esposo Adolhop, y esconde a los Israelitas en el ropero. Empieza a discutir con su marido que viene de la reunión del ejército, donde ya están al tanto del inminente ataque Israelí. En ese instante Catob y Flashab salen del closet y toman por sorpresa a Adolhop, quien es reducido y atado de pies y manos. Lo meten dentro del ropero y se aprestan a volver con Josué para planear la toma de la ciudad. Antes de retirarse de la casa de Rahab, amordazan a Adolhob para que deje de gritar que se vengara en ésta u otra vida…

Los pueblos Semitas eran monoteístas y creían férreamente en la voluntad de un solo Dios verdadero.
Si el pueblo elegido es el Israelí, entonces estuvo bien la toma y masacre de Jericó…
Si es el Cristiano, aplaudiremos la sangrienta conquista y posterior evangelización…
Ni hablar si le tocó al Islam, con Mahoma y su Guerra Santa…
En realidad, mucho mejor sería que nos demos cuenta de que “Pueblo elegido” y “Raza superior” riman peligrosamente…
Los Monos, a los que ninguna Divinidad elegiría ni por sorteo, deseamos un Dios pacíficamente Ateo.
Que dude hasta de sí mismo… que no elija a nadie… que es una forma de elegirnos a todos…
Solo así brindaríamos gustosos nuestra sangre, para una Noche de Paz, en medio de tanto desatino…


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